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AÑORANZA DE LA FRATERNIDAD
«Y porque nuestro Partido es una hermandad
en la lucha, en el dolor y la victoria,
ejercitamos el orgulloso derecho de dar cálida
celebración a nuestro hermano mayor.
Pues si alguien interrogara por qué damos
este extraordinario realce al onomástico del
Jefe, responderíamos que porque él es un
guía y un ejemplo, y como es él, tierno y
sacrificado hermano de todos, especialmente
de los humildes y de los débiles, el
dulce pueblo aprista esta vez, sin consulta
ni Congreso, por mandato imperativo de
abajo arriba, ha resuelto consagrar de hoy
en adelante y hasta cuando seamos polvo
en viaje a las estrellas, el día 22 de febrero
como el Día Aprista de la Fraternidad», con
estas bellas palabras que forman parte de
su «Recado del Corazón del Pueblo» –tal
vez, la más tierna y preciosa pieza oratoria
de la política mundial–, Manuel Seoane
Corrales instituyó el onomástico de Haya
de la Torre como el Día de la Fraternidad.
Más de cuarenta años después, el inolvidable
y sabio Luis Alberto Sánchez diría: «Día auténtico de la Fraternidad por
encima de la tumba, más allá de la vida y
invadiendo el terreno de la muerte. Este día
es el día de la fraternidad con todos los
peruanos, como él quería. No se trata de
una fecha de partido, se trata de la fecha de
un pueblo, de todo un pueblo que ha sufrido
mucho y que pretende dejar de sufrir o sufrir
menos en aras de la fraternidad y abrazados
los unos con los otros. Este es el
sentido del 22 de Febrero, día en que nació Haya de la Torre».
El pánico de la hoja en blanco se amplifica
ante las palabras magistrales de Seoane
y de Sánchez. ¿Qué decir en este Día de la
Fraternidad que no haya sido dicho ya en
estas más de seis décadas y media que lo
venimos celebrando? No lo sé. Quizás sería
bueno tratar de alcanzar la paradoja de
mirar hacia el futuro sin perder de vista ni el
pasado ni el presente, para afirmar que el
Perú necesita más que nunca la fuerza moral
y el vigor espiritual de una pléyade de seres
humanos capaz de sentirse moralmente
emparentada por su compañerismo en una
misma causa que, por sobre todos los requisitos,
les imponga la condición de amor
a la justicia y la limpieza en la conducta;
que no formen un club de compadres en
busca del Presupuesto Nacional, sino una
viva y firme fraternidad moral nacida del
rechazo a las injusticias morales y del amor
a la empresa de transformarlas bases materiales
y espirituales del Perú, para tornarlo
hogar de la alegría para todos los peruanos;
y, esencialmente, que posea el valor
de ser una hermandad en la lucha, en el
dolor y la victoria, a sabiendas de que la última llegará no por la magia de un encantador
de serpientes sino por el tesón de
persistir cuando todos prefirieron desistir.
Eso diría, con seguridad, Manolo hoy.
Para ello no hace hacen falta super
hombres ni infra hombres, sino hombres en
toda la dimensión de su dolor y su alegría– perdón Orrego–, seres humanos con un solo
corazón bien puesto que sean capaces de
realizarse luchando por alcanzar la realización
de los demás. Hace falta también un
hombre capaz de asumir cualquier sacrificio
con tal de ser piqueta, señuelo y guía de
esta comunidad apostólica decidida a llevar
el evangelio de un Nuevo Perú y una Nueva
América Morena a todos los confines de
nuestro país y nuestra región. Alguien capaz
de imponerse a las bajas pasiones que
sus grandes condiciones pueden despertar
y sobrepujar el límite de sus propias debilidades,
yendo más allá del narcisismo estúpido
y el egoísmo insensato para comprender
que las verdaderas revoluciones no operan
en el campo de las cosas materiales
sino en el ancho y vasto espacio del alma
individual y colectiva, capaz de entender
que el poder que sirve a uno mismo es
estéril y que el poder que sirve a los demás
sí es realmente fructífero, que vea en lo
más débiles y en los menos dotados hermanos
a los que se debe fortalecer y dotar
hasta que sean iguales a él mismo, con
suficiente grandeza como para saber que
su liderazgo es la forma en que sus compañeros
lo distinguen y no la materia oscura
que lo distingue de ellos.
Para quienes estamos en la fe, pero no
en la Iglesia –con el perdón de mi compañero
Andrés Townsend por tomar prestadas
sus palabras– no nos es posible otra cosa
que desear a los peruanos y a todos los
hombres de la raza cósmica en este Día de
la Fraternidad –que es la Natividad Aprista,
como el bizcocho y el chocolate son nuestro
pan y nuestro vino– que tengan la suerte
de ver lo que nuestros ojos vieron, con la
firme certeza de que no hay que derrotarse
ante las victorias pasajeras del mal y la
firme y alegre convicción de que el bien,
más temprano que tarde, se abrirá paso y
triunfará. ¡Vaya que nos haces falta Víctor
Raúl! ¡Tú y tu Gran Partido! |