Escribe: Humberto Abanto Verástegui 

Acabo de leer un artículo de Mirko Lauer que bien podría venir firmado por Vladimiro Montesinos o alguno de sus secuaces. La tesis del poeta de La República se inspira en la del New York Times (NTY), acerca de que el impeachment que amenaza con poner a Dilma Rousseff fuera del Palacio de Planalto es un golpe de Estado armado por unos impresentables congresistas procesados por corrupción.

Más aún, dice Lauer -citando al politólogo paulista Jessè Souza-, que es una revancha contra la Rousseff, Lula y toda la pandilla del PT porque su régimen logró el aumento de 70% en el sueldo mínimo, la creación de más de 20 millones de nuevos puestos de trabajo en la parte baja de la escala y la mejora sustantiva en la seguridad social, el acceso a salud y educación, sobre todo la superior.

Nada se puede parecer más a los alegatos del montesinismo tardío. La costumbre más recurrente -casi un tic, una especie de síndrome de Touret comunicativo- era enlodar a los opositores, llamándolos de todo, hasta de traidores a la Patria. Una de las víctimas favoritas de esa mecánica fue, ni más ni menos, que don Gustavo Mohme Llona, director fundador del diario que acoge la columna de Lauer. El mensaje se redondeaba señalando que los traidores a la Patria no reconocían que el régimen putrefacto había vencido al terrorismo, derrotado a la hiperinflación, reinsertado al Perú en la economía mundial, introducido reformas que restituyeron las libertades económicas, construido colegios por doquier y también postas médicas.

Al igual que Goebbels cuando le mencionaban la palabra cultura, yo me pongo en guardia cuando tropiezo con argumentos de ese tipo y de inmediato recuerdo el imbatible principio del perro sarnoso, que oí de Ricardo Letts hace algunos años y jamás olvidé. Según él, hasta un perro sarnoso puede denunciar a un ladrón, porque la sarna del perro no le quita lo ladrón al ladrón. Más claro ni el agua.

El punto es precisamente ése. Nadie niega que un gran número de parlamentarios brasileños -opositores y gobiernistas-, al igual que acá, pueden ser unos crápulas y unos corruptos. Pero tampoco es posible ocultar que el régimen del PT llegó a un grado de putrefacción que mueve a náuseas y para probarlo no están los discursos políticos sino la impecable investigación hecha por el juez Sergio Moro desde Curitiba. Una especie de mani pulite a ritmo de samba que ha puesto contra las cuerdas al oprobioso sistema de corrupción público-privada que asoló Brasil desde la llegada de Lula al poder y quién sabe si no desde mucho antes.

El impeachment tiene como música de fondo el grito popular de ¡Fora Dilma! Uno y otro no nacen de los innegables logros sociales de Lula, Dilma y el PT, con los que embebecían a la población mientras perpetraban sus delitos, sino del modelo corrupto que la justicia puso en evidencia y que tuvo entre sus protagonistas a la petrolera estatal PETROBRAS, que Dilma Rousseff presidió durante el gobierno de Lula, y cuyo antecedente inmediato es el mensalao, el escandaloso caso de compra de congresistas opositores operado por José Dirceu, hoy nuevamente preso por Lava Jato.

Los congresistas que adelantan el impeachment contra Dilma Rousseff y el elenco estable del PT muy probablemente sean unos bribones y unos trúhanes, en resumen, unos perros sarnosos, pero ella y sus compinches son unos corruptos, y la sarna de sus acusadores no le quita nada a la inmundicia de su corrupción.